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Los feos

Los feos

Hace unos cuantos años me enemisté con una importante actriz española por decirle «fea» en una columna como esta. «Eran otros tiempos», podría decir yo. Pero no: entonces aquello fue tan grosero como ahora. El que era otro, espero, era yo: un gilipollas insolente. Podría haber expresado lo mismo sin necesidad de ejemplos concretos y palabras agresivas: que ciertos intérpretes, sabedores de que su atractivo físico no es, digamos, extraordinario, desarrollan su arte en otros caminos y llegan más lejos que otros cuyo aspecto les abrió de par en par las primeras puertas, que son las más pesadas. Que los guapos lo tienen más fácil, vamos. Y que los menos guapos, en cuanto entienden (y suele ser pronto) que no los van a llamar solo para que se quiten la camiseta, se ponen las pilas y se convierten en mejores actores.

Pero también es cierto que, desde que se inventó lo de interpretar personajes para entretener al personal, la belleza vende. Si el público va a soñar con historias inventadas, por qué no las van a protagonizar seres físicamente apetecibles, gente de la que enamorarse a primera vista, galanes, macizas. Cuerpos y caras «aspiracionales», como decimos ahora. Gente a la que desear. El deseo es libre, pero la cultura se encarga de moldearlo para poder hacer negocio con él.

La industria audiovisual, sabedora de que sex sells, es la gran responsable (¿culpable?) de que unos deseos sean respetables y otros, si no condenados, sí marginales. La democracia corporal de Cochinas cuestiona esa ley no escrita. Euphoria, en su inclasificable tercera temporada, la refrenda. Sus protagonistas, a excepción de Zendaya, eran semidesconocidos en la primera entrega. Hoy Sydney Sweeney y Jacob Elordi son megaestrellas y fantasías romántico-sexuales para millones de personas del mundo entero. Sus tarifas se han disparado. A cambio la serie, tras pagar sus cuantiosos salarios, está contractualmente facultada para sacar de ellos imágenes que Hollywood jamás les pediría a estrellas tan cotizadas. Imágenes cochinas.

Homer Gere, hijo de Richard, es una de las nuevas incorporaciones a Euphoria. De su cuerpo se está hablando mucho ahora. Gere, como su padre, tiene una genética privilegiada y (como su padre también) parece no estar obsesionado con llevarla al límite con dieta y entrenamiento. En la serie de HBO él no es eso tan apestoso de «su mejor versión». No tiene six pack, vamos. Tampoco es que Euphoria sea ahora su mejor versión, convertida en una ficción excesivamente excesiva. Y rijosa. Mientras internet se entretiene en una discusión ridícula sobre si Homer Gere es deseable o no, aferrándose a eso del canon y sus desviaciones, las personas reales desean a personas reales de muchas formas y tamaños. Incluso a personas feas. Hay, por cierto, actores buenísimos para interpretar esas historias que faltan. Los mejores, de hecho.

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