Cultura

Ryoei Saito, el japonés que jugó al escondite con un Van Gogh de 82 millones

Ryoei Saito, el japonés que jugó al escondite con un Van Gogh de 82 millones

El 15 de noviembre de 1990, el presidente de la casa de subastas Christie's de Nueva York, Christopher Burge, golpeó con el martillo la madera del atril y adjudicó por 82,5 millones una de las dos versiones que Vincent Van Gogh hizo del Retrato del Dr. Gachet. El cuadro, pintado unas semanas antes de que el artista se reventase el pecho con una pistola en un campo de cereal a las afueras de Auvers-sur-Oise (Francia), se convirtió en el más caro de la historia del arte hasta ese momento. El comprador siguió la puja por teléfono a través de un intermediario que levantó la mano definitivamente cuando estaba claro que se había pulverizado todo récord.

Lo adquirió un japonés de mucha fortuna afincado en Tokio, Ryoei Saito, vicepresidente honorario de Daishowa Paper Manufacturing. La tela había estado expuesta poco antes en el Metropolitan de Nueva York prestado por el coleccionista que lo sacó a subasta. Fue la última vez que el cuadro asomó. Desde aquel 15 de noviembre, El retrato del Dr. Gachet no está en las brújulas del arte. Nadie sabe exactamente dónde cuelga. Nadie ha dicho hasta ahora: "¡Lo he vuelto a ver!". Saito lo trasladó a Tokio y allí lo mantuvo hasta su muerte, seis años después de la compra. Aquel hombre esquivo hecho a las cumbres del dinero comenzó a tropezar en los negocios, lo acusaron de sobornos a la autoridad para aprovechar terrenos forestales en favor de un proyecto disparatado, el Club de Golf Vincent. Los bancos comenzaron a hocicarle la fortuna y al final se quedaron en prenda una parte de su colección de arte. Parece que en el lote iba la pieza sideral de Van Gogh. Saito murió de un infarto fulminante mientras los operarios contratados por el Banco Fuji sacaban con notable delicadeza, una a una, las piezas embargadas.

La leyenda comenzó a galopar tras la caída en desgracia del empresario. Algunas fábulas apuntaban a que había salvado de las zarpas del banco el Retrato y en su testamento había dejado escrito que debía ser enterrado con él. El rito sintoísta contempla la cremación del cadáver en el ataúd, así que a los pocos meses del último coletazo del industrial (y desaparecido el Van Gogh) corrió en todas direcciones el chisme de que el fiambre de Saito había sido quemado junto a esta tela y otra también magnífica: El baile en el molino de la Galette, de Renoir. Ambas sumaban en 1996 un valor de 166 millones de dólares. Nadie pudo confirmar la veracidad de este capricho. Sólo es posible decir sin miedo a equivocarse que la obra del artista holandés desapareció.

La tajante discreción de Saito y sus alrededores ha alcanzado un punto de perfección. A nadie se le ha llenado la boca de fanfarronería. Veneraba ese cuadro y de un plumazo lo apartó del mundo. Del mundo de ahí afuera. Del mundo corriente. Entre Europa y EE.UU. se reparte una severa cofradía de expertos en Van Gogh que no claudican en la intención de recuperar algún día la pieza y volverla a contemplar como en aquella última vez, un enigmático jueves de noviembre de 1990. Algunos han llegado lejos en la investigación y con instinto sabueso han seguido la pista hasta donde las pistas se dejan seguir.

Parece que el banco vendió la pieza confiscada poco tiempo después, en 1997 y en una transacción privada en la casa de subastas Sotheby's. El comprador fue WolfgangFlöttl, financiero austriaco casado con una nieta del presidente Eisenhower. A este también le flaqueó la cartilla y se deshizo del cuadro en otra venta secretísima donde, ahora sí, se borra toda huella que dejaron a su paso. Alguien apuntó al empresario de la pasta italiana, Guido Barilla, como nuevo propietario. Pero no fue así.

Este unicornio del arte europeo se ha convertido en la pieza más investigada de las tres últimas décadas en el proceloso enjambre de los marchantes e intermediarios. The New York Times publicó en 2024 una investigación que especulaba con otra posibilidad sobre el paradero del cuadro. Las pistas llevaron a los periodistas a Lugano (Suiza). Y algo aún más excitante: podría formar parte de la colección de los nuevos propietarios de Villa Favorita, la mansión del barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza vendida por su viuda, Tita Cervera, por 90,4 millones de dólares en 2014. Ahora la ocupa la familia Invernizzi, quienes levantaron en los primeros compases del siglo XX el mayor negocio de quesos italianos y acopiaron una fortuna magnífica repartida entre varias cepas de hijos, nietos, primos y sobrinos que redondearon su millonaria existencia cuando la empresa Kraft compró el imperio lácteo.

Sin noticias de Gachet, este óleo sobre lienzo es uno de los enigmas más complejos de descifrar del coleccionismo de arte. Alguien decidió que, después de la muerte de Saito, el cuadro debía esfumarse y, allá donde esté, permanece a resguardo de casi todo el mundo. Para mantener oculto algo así no hace falta una gran infraestructura. Podría suceder que el cuadro más caro de la historia en aquel 1990 esté en el doble fondo de un jergón o colgado en una pared forrada con sedas de damasco e iluminado con una bombilla de 40 vatios dentro de un aplique de latón.

La otra versión que Vincent Van Gogh hizo del Retrato del Dr. Gachet está en el Museo D'Orsay (París). El modelo aparece también visiblemente derrumbado: "La expresión desgarradora de nuestra época", como escribió el artista a su amigo Paul Gauguin detallándole estas dos piezas. Aquel doctor con estudios de Psiquiatría ayudó a Van Gogh cuanto pudo a vencer sus angustias, pero el holandés traía de serie una fuerte vocación de abismo. El desgarro de Gachet era en verdad el suyo.


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