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Alan Parks "Hoy como ayer, para el 90% de la gente la vida es una lucha"

Alan Parks "Hoy como ayer, para el 90% de la gente la vida es una lucha"

La guerra ha terminado, pero Glasgow sigue oliendo a humo. Los parques se han convertido en huertos improvisados para alimentar a una ciudad exhausta, faltan policías porque casi todos marcharon al frente y los que quedan son muchachos intentando contener un crimen que se ha disparado al mismo ritmo que el mercado negro. Ese paisaje, más que cualquier batalla, fue el punto de partida de Cielo rojo sobre Glasgow (Tusquets), la nueva novela de Alan Parks (Glasgow, 1964), que abandona la serie protagonizada por el detective Harry McCoy para viajar a los años 40 y demostrar que las guerras no terminan cuando callan las armas. Simplemente cambian de escenario.

«Cuando pensamos en la Segunda Guerra Mundial pensamos enseguida en Londres, en el Blitz, en los grandes bombardeos, pero me interesaba mirar hacia otro lugar que también fue atacado y sufrió enormemente y mostrar cómo la guerra transforma una ciudad entera y a la gente que la habita», explica.

Su protagonista, el policía Joseph Gunner, regresa del frente convencido de que deja atrás el horror, sólo para descubrir que el horror lo espera en casa. La guerra ha alterado el paisaje urbano, las instituciones y también la forma de mirar de quienes sobrevivieron. «No quería escribir sobre tanques ni grandes batallas. Muchas veces los márgenes de la guerra son más interesantes que la propia guerra. Los que se quedaron también vivieron con miedo, con hambre, con los bombardeos, con la incertidumbre. Cuando Gunner vuelve a Glasgow descubre hasta qué punto todo ha cambiado. Los parques están cultivados porque hace falta comida, la ciudad funciona de otra manera y la violencia ha impregnado todos los rincones. La guerra afecta mucho más allá del campo de batalla».

Ese desplazamiento de la violencia hacia la vida cotidiana atraviesa toda la novela. En el Glasgow de Parks el crimen no aparece como una anomalía, sino como la consecuencia natural de una sociedad sometida a una presión extrema. «La mayor parte de la policía estaba luchando en el frente y apenas quedaban agentes para investigar delitos. Al mismo tiempo, el mercado negro floreció, hubo personas que hicieron fortunas con contratos públicos y la delincuencia aumentó muchísimo. No era exactamente una ciudad sin ley, pero había muchísimos delitos que nadie investigaba. Si no eras especialmente legal, era un momento fantástico».

Quizá por eso sus novelas nunca aceptan la división tranquilizadora entre buenos y malos. Policías, empresarios, políticos, aristócratas o criminales habitan un mismo territorio moral donde las fronteras son difusas. «Un policía no es automáticamente buena persona, igual que un delincuente no explica por sí sólo el mal. Yo escribo sobre personas que tienen ambición, miedo, codicia, contradicciones. Hay gente muy buena y muy mala, sí, pero la mayoría vivimos en esa zona gris donde las decisiones nunca son completamente limpias. Eso me interesa mucho más que la idea de héroes enfrentados a villanos».

De ahí nace también su desconfianza hacia las instituciones. «La corrupción va y viene. Depende de las épocas y de las circunstancias, pero todas las instituciones tienen la posibilidad de corromperse. El poder siempre ofrece oportunidades para abusar de él. Lo importante es recordar que esas cosas no ocurren solo en los márgenes de la sociedad».

La violencia deja además otro rastro menos visible. Gunner arrastra heridas físicas, pero sobre todo emocionales. Como Harry McCoy en sus novelas ambientadas en los años 70, pertenece a una generación de hombres incapaces de nombrar su propio dolor. «Durante mucho tiempo los hombres simplemente no hablaban de sus sentimientos. Volvían de la guerra y se esperaba que retomaran la vida como si nada hubiera ocurrido. Hoy lo llamamos estrés postraumático, pero entonces nadie utilizaba esas palabras. Todo ese sufrimiento terminaba apareciendo de otras formas: alcoholismo, violencia doméstica, adicciones... Había un enorme caos emocional que nunca encontraba un lenguaje para expresarse».

Parks tampoco comparte esa mirada melancólica con la que tantas veces se contempla el siglo XX. Frente a la nostalgia de series como Downton Abbey, reivindica una memoria mucho más incómoda. «El siglo XX fue brutal para la mayoría de la gente. Cuando tracé mi árbol genealógico descubrí que generación tras generación en mi familia habían sido campesinos y luego obreros. No había lords ni grandes personajes, sólo personas intentando salir adelante. Por eso la nostalgia puede ser muy engañosa. Si eras un lord, quizá tengas motivos para echar de menos aquel mundo, pero si trabajabas para él, seguro que no», afirma con ironía. «Hoy como ayer, para el 90% de la gente la vida es una lucha constante».

«Hoy vivimos enlazando una crisis con la siguiente. Ucrania, Gaza... Llega un momento en que resulta demasiado para cualquiera. No creo que sea indiferencia, sencillamente, hay un límite para lo que una persona puede soportar emocionalmente. Al final desconectamos porque necesitamos seguir viviendo», asegura sobre un presente, no tan distinto de ese pasado que recrea.

Y, sin embargo, incluso en mitad del desastre la vida insiste. En sus novelas siempre hay espacio para el humor, las bromas o las conversaciones absurdas en un pub. No es un alivio narrativo, sino una forma de resistencia. «Así funciona la gente. Los médicos bromean y los policías también. Si estuviéramos pensando todo el tiempo en el horror, acabaríamos paralizados. En Escocia, además, somos muy irreverentes, desconfiamos de la solemnidad. Me molestan mucho las novelas donde los personajes hablan como si estuvieran pronunciando sentencias. La gente no habla así», critica.

Parks no está interesado en los héroes, prefiere detenerse en quienes intentan sobrevivir mientras la Historia pasa por encima de ellos. Quizá porque sabe que las guerras acaban, pero las ciudades tardan mucho más en recuperarse de las cicatrices invisibles, las que mejor explica la novela negra cuando deja de preguntarse quién cometió el crimen para empezar a preguntarse por qué una sociedad acaba haciéndolo posible.


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